martes, 24 de enero de 2017

El Código hitita (8)

Las aberraciones sexuales

A las citadas relaciones incestuosas se le suman las mantenidas con animales (artículos 187, 188, 199 y 200a). En ese sentido, el Código recoge un amplio muestrario de casos de bestialismo (desde cerdos hasta perros, pasando por ovejas, yeguas y vacas), siendo uno de los pocos delitos donde no había compensación posible y el reo podía ser sentenciado a muerte por el rey (“[...] el rey lo mata o el rey lo deja vivir”). 

Llama la atención que las penas se ejecuten atendiendo a dos circunstancias: 1) el tipo de animal con el que se comete la infracción y 2) si era el hombre o el propio animal quien cometía el delito.

187. Si un hombre peca con una vaca, es acción execranda; muere. Se le lleva a la puerta del rey; el rey lo ata o el rey lo deja vivir, pero no vuelve a presentarse ante el rey.
188. Si un hombre peca con una oveja, es acción execranda; muere. Se le lleva a la puerta del rey; el rey lo ata o el rey lo deja vivir, pero no vuelve a presentarse ante el rey.
199. Si un hombre peca con una cerda o una perra, muere. Se le lleva a la puerta del rey; el rey lo mata o el rey lo deja vivir, pero no vuelve a presentarse ante el rey […].
200a. Si un hombre peca con una yegua o una mula no es acción de castigo, pero no se presenta ante el rey y no puede hacerse sacerdote […].

En todos estos casos, la ley prohibía que, una vez juzgado, el infractor no pudiera volver a presentarse ante la persona del rey puesto que, en palabras de Bernabé y Álvarez-Pedrosa, estos delitos “afectaban a la pureza del individuo y se prevenía que pudiera contaminar al rey o al sacerdocio” [1] (artículo 200a).

Pese a que estos delitos tenían un denominador común, la pena no era igual para todos. En el artículo 200a vemos como la pena por mantener relaciones con una yegua o una mula no era “una acción digna de delito”, lo cual se contrapone con lo estipulado en los apartados 187, 188 y 199, donde se considera una “acción execranda” con su correspondiente castigo. De ser así, deducimos que no todos los animales tenían la misma consideración en el mundo hitita, lo que nos lleva a hablar de la segunda parte del artículo 199:

199. […] Si un toro cubre a un hombre, el toro muere, el hombre no muere. Se trae una oveja en el lugar del hombre y se la mata. Si un cerdo cubre a un hombre, no es acción digna de castigo.

Si bien en los casos anteriores comentábamos cuál debía ser la pena si era el hombre quién cometía el delito, en este apartado nos encontramos con el caso contrario, siendo el animal el responsable de la agresión. El epígrafe correspondiente al toro es especialmente interesante. Sabemos que el toro tenía un gran simbolismo en la cultura hitita. Es imposible no remitirnos al Mito del Paso del Tauro [2], donde el Dios de la Tempestad hitita se convirtió en un toro y, gracias al empuje de su cornamenta, abrió un camino a través de las montañas que permitió a los hititas tener acceso al mar.

La religión

Los artículos relacionados con la religión son quizá los más crípticos y los que más problemas plantean de cara a su interpretación. De especial complejidad con los artículos correspondientes a la serie 163-169, que versan sobre la purificación del ganado y el carácter que tenían ciertos actos relacionados con la consagración de las tierras.

168. Si alguien destruye los lindes de un campo, traza un surco; el dueño del otro campo separa una vara de su campo y se lo queda. Y el que destruyó los lindes da una oveja, diez panes y un jarro de cerveza fina y purifica de nuevo el campo.
169. Si alguien compra un campo y rompe los lindes, toma una hogaza, la parte para el dios del Sol, y dice: “Has plantado en tierra el platillo de mi balanza”. Y dice: Dios del Sol, dios de la Tempestad, no hay disputa.
Es reseñable que en el artículo 169 se haga mención al Dios de la Tempestad, siendo esta una de las primeras referencias que tenemos a una deidad en el documento. Pese a todo, y como bien señalan Bernabé y Álvarez-Pedrosa, tanto la traducción como la interpretación de estos artículos es problemática [3], aunque todo parece indicar que nadie podía vulnerar la propiedad de la tierra. Cabría preguntarse si estos rituales no propiciarían también la fertilidad de la tierra. Sobre este punto, los hititas también tenían prohibido plantar sobre un cultivo ya sembrado (“Si alguien siembra una semilla, pone su cuello en un arado y uncen una yunta de bueyes uno con la cara hacia un lado, otro con la cara hacia el otro. Muere el hombre y mueren los bueyes. Y el que había sembrado antes los campos se queda con él”, artículo 166)

Cabe destacar el enorme simbolismo que encerraban estas leyes y cómo trataban de combatirse los malos augurios. La pérdida de objetos considerados sagrados podía considerarse una tragedia. Los artículos 164 y 165 son una buena muestra de ello:

164-165. Si alguien va (a casa de alguien) a incautarse (de algo) arbitrariamente y allí provoca una disputa y rompe una hogaza de pan sacrifical o un recipiente de vino para la libación, da una oveja diez panes y un cacharro de cerveza fina y purifica de nuevo la casa (del dañado). Cuando ha transcurrido un año, tiene paz en su casa.

En el Código también encontramos cuestiones relativas a la magia negra (referida aquí como hechicería). 

44. Si alguien purifica a una persona, se lleva los residuos (del sacrificio) al lugar de las cremaciones. Pero si los lleva al campo o a la casa de alguien, es hechicería y objeto de sentencia del rey.
111. Si alguien modela una figura de barro es hechicería y objeto de sentencia del rey.
170. Si un hombre libre mata a una serpiente y dice el nombre de otro, da una mina de plata. Si es siervo, es ejecutado.
El artículo 44 presenta una idea muy interesante. Los restos del animal sacrificado debían llevarse a los lugares indicados para ello (el “lugar de las cremaciones” según el Código”). En el caso de que no se hiciera así y se llevase a la propiedad de un tercero, se deduce que el portador de los restos estaría lanzando una maldición contra el dueño de la casa. La misma idea se repite en el artículo 170, donde se condenan los sortilegios: si una serpiente (un animal con evidentes connotaciones negativas) era muerta por un hombre y este pronunciaba el nombre de otro, se entendía que se estaba deseando la muerte de esa persona. No deja de resultar llamativo el nivel de la pena dependiendo de quien lanzase el sortilegio, puesto que si la maldición era lanzada por un esclavo, era condenado a muerte (en contraposición a la pena impuesta por un hombre libre, que debía pagar una compensación). El que no admite réplica es el artículo 11, puesto que el modelado de figuras podría utilizarse para realizar sortilegios maléficos, algo que ya tratamos en el epígrafe relativo a los robos.
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1. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 209.
2. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 120.
3. BERNABÉ Y ÁLVAREZ-PEDROSA, 2000, p. 204.

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