lunes, 23 de enero de 2017

El Código hitita (7)

La viudedad

En cuanto a la viudedad, los hititas ejercían una práctica muy similar al levirato. Resulta interesante comprobar las alternativas que propone la Ley ante la muerte del esposo:

193. Si un hombre tiene una mujer y el hombre muere, su hermano toma a la esposa; (si el hermano muere) luego la toma su padre. Si también su padre muere y el hermano de este toma a la mujer que tenía no es acción digna de castigo.

Si el esposo fallecía, la mujer pasaba a la protección de su cuñado. Si este también moría (aunque también podía darse la posibilidad de que el esposo fuera el único hijo varón de la familia), la esposa era acogida por el padre del fallecido. Y en el caso de que este también muriera, sería su hermano quien se casara con la viuda. Es evidente que se trataba de agotar la primera línea de parentesco para, posteriormente, optar por otro marido que pudiera hacerse cargo de la mujer durante mucho más tiempo. 

Lógicamente, la muerte del hombre no tenía el mismo impacto legal que el de la esposa. Veamos qué dice el Código al respecto:

27. Si un hombre toma esposa y se la lleva a su casa, también se lleva su dote. Si la mujer muere allí, queman bienes del hombre y el hombre toma su dote. Pero si muere en casa de su padre y hay hijos (del matrimonio), el hombre no toma la dote.

Teniendo en cuenta las repercusiones económicas que tenía el matrimonio para la familia de los interesados, no debe extrañarnos que la cuestión de la dote vuelva a planear sobre nuestra exposición. Es interesante comprobar cómo la dote quedaría en manos de unos u otros dependiendo de dónde muriera la esposa: si esta fallecía en la casa del marido, le corresponderá a este último; si la mujer, en cambio, moría en la casa de su padre, la dote sería heredada por su familia.
El divorcio

Sobre el divorcio, cabe destacar que la legislación trataba de ser lo más igualitaria posible para ambos cónyuges. El artículo 31 especifica que, en el caso de que la pareja terminase por separarse, los bienes de la casa serían repartidos equitativamente (“Si un hombre libre y una sierva están enamorados y cohabitan y la toma por esposa y se hacen una casa y tienen hijos, pero luego ellos riñen o se separan, entonces dividen a medias la casa [...]”), salvo en el caso de que tengan hijos, en el que la mujer solo podía acoger a uno (“[...] y el hombre se queda con los hijos, pero la mujer se queda con un hijo”). Esta ley hace referencia a lo que pasaría si el hombre se casaba con una esclava, pero se aplicaba de la misma forma si una mujer libre hacía lo propio con un esclavo (artículo 32) o ambos cónyuges eran esclavos (artículo 33). Ahora bien, tal y como afirma Alonso Royan, cabría preguntarse cuáles eran las causas que motivaban la separación. Salvo en el apartado relativo a la infidelidad conyugal (artículos 197 y 198), en el Código no encontramos ninguna razón al respecto. 

Ello nos lleva a hablar de la infidelidad y de cómo el marido podía tomarse la justicia por su mano. 

La infidelidad

Sobre este punto, es necesario señalar las diferencias existentes entre hombres y mujeres, puesto que si ellos podían mostrar un comportamiento promiscuo, no ocurría lo mismo con ella. La ley podía ser bastante severa con las mujeres infieles, reservándoles incluso hasta la pena de muerte. Los artículos 197 y 198 dicen al respecto:

197. Si un hombre posee sexualmente a una mujer en la montaña, la culpa es del hombre y muere. Si la posee en casa de la mujer, la culpa es de la mujer y la mujer muere. Si el marido los descubre y los mata, no es acción digna de castigo. 
198. Si los lleva a la puerta del palacio y dice: “Mi esposa no muera”, deja viva a la esposa y deja vivo al adúltero y la vela. Si dice: “que los dos mueran”, los pone de hinojos ante la Rueda1. Y el rey los mata o los deja vivir.

El artículo 197 plantea tres cuestiones muy interesantes: 1) que la pena por violación estaba penada con la muerte (“Si un hombre posee sexualmente a una mujer en la montaña, la culpa es del hombre y muere”), 2) que el hecho de que una mujer compartiera el lecho con un extraño en su hogar era motivo suficiente para sentenciarla a muerte (“Si la posee en casa de la mujer, la culpa es de la mujer y la mujer muere”) y 3) que el marido podía actuar como creyese conveniente en el caso de sorprender a los amantes, puesto que, independientemente de que les diera muerte, la ley ampararía su actitud (“Si el marido los descubre y los mata, no es acción digna de castigo”). Este último epígrafe es muy revelador, puesto que nos demuestra que si el marido actuaba al instante y movido por las circunstancias, su crimen estaría plenamente justificado [1]. No sería así si se tomase su tiempo para llevar a cabo la venganza, puesto que para entonces las autoridades ya se habrían hecho cargo de la situación y dictado sentencia.

La dureza de este artículo queda parcialmente difuminada cuando analizamos el epígrafe 198. El ofendido podía llevar a los dos amantes a los tribunales [2] (aquí la “puerta del palacio”) y decidir si quería perdonarlos o darles muerte. En cualquier caso, es notable señalar que la figura del rey era la encargada de dictar justicia. .

Las relaciones sexuales entre parientes

Ya hemos hablado de cómo estos delitos suponen la condena a muerte de aquel que aquel que sea acusado de cometerlos. Si exceptuamos los artículos 193, 197 y 198, las leyes que tratan el tabú sexual se hayan comprendidas en la serie 187-200a (Bernabé y Álvarez-Pedrosa catalogan todos estos artículos como Delitos Sexuales). Pese al carácter común que tienen estas infracciones, hemos optado por dividirlas en dos apartados: uno dedicado al bestialismo (que trataremos en el siguiente epígrafe) y otro que englobará a las relaciones sexuales entre los miembros de la propia familia. En esta última serie encontraremos los siguientes artículos:

189. Si un hombre peca con su propia madre, es acción execranda. Si un hombre peca con su hija, es acción execranda. Si un hombre peca con su hijo, es acción execranda.
190. Si un hombre o una mujer tienen trato con un muerto, no es acción digna de castigo. Si un hombre peca con su madrastra, no es acción digna de castigo. Pero si su padre vive, es acción execranda.
191. Si un hombre libre posee sexualmente a unas hijas libres y a la madre de estas, una en un país y otras en otro, no es acción digna de castigo. Si ambas están en el mismo país y él lo sabe, es acción execranda.
194. Si un hombre libre posee sexualmente a unas siervas hermanas de la misma madre y a la madre de estas, no es acción digna de castigo. Si poseen sexualmente a una mujer libre hombres que son entre sí hermanos, no es acción digna de castigo. Si un padre y su hijo poseen sexualmente a una sierva o a una prostituta, no es acción digna de castigo.
195. Si un hombre posee sexualmente a la esposa de su hermano, pero su hermano vive, es acción execranda. Si un hombre tiene como esposa a una mujer libre y posee sexualmente a las hijas de esta, es acción execranda. Si un hombre tiene a una hija como esposa y posee sexualmente a la madre o a la hermana de esta, es acción execranda.
En lo referente a las familiares de primer grado, el artículo 189 prohíbe el incesto en todas sus formas, considerada una costumbre propia de gente bárbara y no civilizada [3]. Por el bien de la estabilidad familiar, un hombre solo podía mantener relaciones con su madrastra (artículo 190) y su cuñada (artículo 195) una vez que el anterior marido (su padre y hermano, respectivamente) hubiesen muerto, lo que nos retrotrae a los artículos anteriores sobre la viudedad. En el caso de que estas relaciones se llevasen a la práctica estando el cónyuge con vida, la legislación castigaba a los infractores. Asimismo, se limitaba que el hombre también compartiese lecho con la hermana de su esposa.

También resulta llamativo ver cómo un hombre podía tener relaciones con las mujeres de una misma familia (artículo 191) siempre y cuando estas viviesen en diferentes ciudades (la distancia actúa como elemento diferenciador). Suponemos que la finalidad de este artículo era la de garantizar el orden social y evitar que las líneas de consanguinidad se terminasen cruzando. No ocurría lo mismo si las mujeres eran esclavas (artículo 194), lo que nos lleva delimitar cuál era el verdadero papel de esclavos y hombres libres en la sociedad hitita.
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1. Bernabé y Álvarez-Pedrosa asocian la “Rueda” como un símbolo de justicia.
2. ALONSO ROYANO, 1993, p. 55.
3. CONDOMINAS, 1972, P. 370.

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